Rosa Dodier tenía 10 años cuando una de sus hermanas mayores finalmente la dejó tocar una máquina de coser. Mientras crecía en El Salvador, su hermana también hacía vestidos a la medida inspirados en lo que sus clientes veían en las revistas.
“Solo era una niña escuchando, prestando atención”, dijo en inglés.
“Mi hermana solía decirme, ‘¡Ten cuidado! Solo mira. Presta atención a lo que estoy haciendo’”.
Desde allí, Dodier no ha dejado de coser.
Después de trabajar en diferentes compañías en todo el país, Dodier decidió que era momento de abrir su propia tienda, en plena temporada de graduaciones.
“Fui y entregué todas mis tarjetas de presentación a todas las tiendas de novias que se me ocurrían en New Hampshire, en Nashua, en todos todos lados”, dijo.
Pero ser costurera, dice Dodier, es un oficio con temporadas. Durante el invierno, ella da clases y trabaja en sus propios proyectos. Ella también está aprendiendo a balancear su trabajo con otras responsabilidades, pero ella dice que el amor por la costura la mantiene en pie.
“A veces siento que voy a trabajar hasta que tenga 100 años. Pero está bien. Amo hacerlo, nunca paro”, dijo. “No es algo que dejas de un lado y te olvidas”.